Hay palabras de Jesús que desenmascaran el corazón humano. Una de ellas aparece en Mateo 8:4, cuando, tras sanar a un leproso, el Señor le dice:
Mira, no lo digas a nadie; sino ve, muéstrate al sacerdote, y presenta la ofrenda que ordenó Moisés, para testimonio a ellos. (Mateo 8:4)
Jesús acababa de realizar un milagro extraordinario… y aun así no buscó aplausos, ni reconocimiento, ni fama. No necesitaba que la gente lo celebrara. Su misión no era ser visto, sino obedecer al Padre.
El Jesús que rehúsa la gloria humana
A lo largo de los Evangelios vemos un patrón claro:
Cuando Satanás le ofrece “todos los reinos del mundo y su gloria”, Jesús lo reprende.
Cuando la multitud quiere hacerlo rey, Él se aparta.
Cuando sana, libera o restaura, muchas veces ordena silencio.
Cuando habla de sí mismo, dice: “Soy manso y humilde de corazón.”
Jesús no vivió para ser admirado, sino para ser obediente. No buscó ser elevado por los hombres, sino por el Padre.
Y ese es el Jesús que dijo: “Aprended de mí.”
¿De qué Jesús estamos aprendiendo hoy?
Esta es la pregunta que confronta a la iglesia contemporánea.
Porque hoy abundan “cristianismos” que imitan:
el éxito,
la plataforma,
la influencia,
la visibilidad,
la grandeza humana.
Pero muy pocos quieren imitar la mansedumbre, el silencio, la obediencia, la renuncia y la humildad del verdadero Cristo.
Muchos quieren los milagros de Jesús, pero no su carácter. Quieren su poder, pero no su cruz. Quieren su nombre, pero no su camino.
Los nueve que no volvieron
Lucas 17 nos presenta otra escena reveladora. Diez leprosos son limpiados, pero solo uno regresa. Jesús pregunta:
¿No son diez los que fueron limpiados? ¿Y los nueve, dónde están? ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero? (Lucas 17:17–18)
Diez recibieron el milagro. Solo uno reconoció al Dios del milagro.
Diez fueron beneficiados. Solo uno fue agradecido.
Diez fueron sanados. Solo uno fue transformado.
¿Dónde está la iglesia que vuelve?
Hoy Jesús podría hacer la misma pregunta:
¿Dónde están los que vuelven?
¿Dónde están los que no buscan protagonismo? ¿Dónde están los que no usan el evangelio para su propia gloria? ¿Dónde están los que viven para exaltar a Cristo y no a sí mismos? ¿Dónde están los que, como el leproso agradecido, se postran a los pies del Señor?
La iglesia necesita volver. Volver a la humildad. Volver a la obediencia. Volver a la sencillez. Volver a la gloria de Cristo.
Una invitación para este tiempo
Hoy Jesús sigue diciendo:
“Aprended de mí.”
No del Jesús que algunos han reinventado, no del Jesús que sirve para plataformas, no del Jesús que se usa para autopromoción, sino del Jesús verdadero:
el que sirve,
el que calla,
el que obedece,
el que se entrega,
el que glorifica al Padre.
Que se levante una iglesia que vuelva. Una iglesia que regrese como el leproso agradecido. Una iglesia que diga con su vida:
“A Cristo sea toda la gloria.”
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