Hay una tensión antigua que atraviesa la historia de la fe cristiana: la relación entre verdad y amor. Ambas son esenciales, ambas provienen de Dios, ambas son necesarias para la vida de la iglesia. Sin embargo, cuando se separan, la verdad puede convertirse en un arma y el amor en un sentimentalismo vacío. El apóstol Pablo lo vio con claridad y lo expresó de la siguiente manera: “El conocimiento envanece, pero el amor edifica” (1 Corintios 8:1).
Esta advertencia no es un ataque al conocimiento, sino a la actitud del corazón que puede acompañarlo. El conocimiento, por sí mismo, tiende a inflar; el amor, por sí mismo, tiende a construir. El primero puede levantar muros; el segundo, puentes. El primero puede producir orgullo; el segundo, servicio. El primero puede convertir la verdad en un trofeo; el segundo, en un don.